No podemos educarlos para que cambien el mundo, pero debemos acompañarlos para que el mundo no los cambie a ellos

Hoy siento la necesidad de hablar del acoso escolar. Por desgracia, estoy viendo un caso de acoso muy cercano y es algo que me remueve mucho. Siento que necesito hacer algo para combatirlo, pero desde el punto en el que estoy ahora, no sé cómo hacerlo. He comentado a la madre de la persona acosada que se puede realizar una jornada anti-acoso en los colegios. Algo para mostrar a los peques que lo ven, cómo detectarlo, para que ellos no sean cómplices silenciosos. Algo para empoderar a los peques que lo sufren, para que pongan límites a sus agresores, aunque las agresiones no sean físicas, aunque sólo sean verbales, para que no vaya a más. Y algo para enseñar algo de empatía a los que acosan, para que puedan saber que todos nuestros actos tienen consecuencias, aunque no siempre las veámos y que puedan sentir que la otra persona está sufriendo con sus actos, para que sepan que en su mano está el decidir si quieren seguir actuando así o prefieren cambiar su actitud.

A veces es algo tan sencillo como que los padres pongan límites a sus hijos e hijas. Y el problema es que lo que escucho y recibo últimamente es que a las niñas se les educa de manera diferente que a los niños. Lo que a una niña se le censura, a un niño no.

Si una niña pega, decimos de ella que es una pegona, pero si un niño pega, se ve como algo normal o «son cosas de críos».

No podemos educarlos para que cambien el mundo

No me considero una persona agresiva, pero recuerdo una vez que en un trabajo, alguien a quién yo no conocía, en un momento dado, me dijo que  yo era agresiva. Por lo menos, sólo ocurrió esa vez, pero de lo que me dí cuenta es de que, a veces, la seguridad en una mujer se confunde con agresividad.

El problema es que eso no ocurre con los hombres. Si un hombre de negocios tiene un punto agresivo, entendemos que es alguien seguro. Aunque, yo entiendo todo lo contrario y para mí la agresividad va acompañada de inseguridad.

Es un tema muy complejo, pero a cualquier persona que veo agresiva, siento que tiene mucha inseguridad, porque pienso que la seguridad esquilibra a las personas y una persona equilibrada, no puede ser agresiva.

La agresividad no sólo se da en los golpes, también puede darse en las palabras. Y muchas veces las palabras duelen más que los golpes físicos, porque lo físico acaba curando, pero las palabras, si no conseguimos curar lo que nos duele, permanecen siempre en nosotros. Para un niño, que no tiene las suficientes herramientas o que aún no las ha desarrollado, curar esas heridas puede ser muy difícil.

Siempre les digo a mis criaturas que primero hay que respetarse a sí mismos, pero que luego hay que respetar a los demás. Tan importante me parece lo uno como lo otro. No quiero que ninguno de ellos sea acosado, pero por ninguna razón quiero que ninguno de ellos sea acosador. Y ahí está el equilibrio entre el respeto a uno mismo y el respeto a los demás. Yo te pongo el límite cuando algo de lo que haces me afecta y no me gusta, pero te lo digo con respeto. Me respeto a mí y te respeto a ti.

Hay personas que no saben parar a los demás sin hacer daño. Entonces me respeto, pero ¿respeto a los demás?

Los niños y las niñas aprenden con el ejemplo y si el acoso es el ejemplo, acaban normalizando esas situaciones.

Pero debemos educarlos para que el mundo no los cambie

Siempre pienso que tenemos que educar a nuestros hijos e hijas para que cambien el mundo y hagan del planeta un lugar mejor, pero soy consciente de que es una utopía porque no todo el mundo piensa igual que yo, entonces, lo que a mí me parece bueno, a otra persona puede parecerle malo. Todo depende del punto de vista., por lo que para mí, que sea un lugar mejor, para otro puede no serlo y educará a sus criaturas en función de sus valores.

Entonces siento que lo único que puedo hacer es acompañarlos para que sigan siendo esos seres puros y nobles que siempre han sido, que sean ellos mismos y que nada ni nadie los cambie. Empoderarlos para que se respeten y respeten a los demás y que denuncien las injusticias que vean a su alrededor, que no sean cómplices.

Mi conclusión es que «No podemos educarlos para que cambien el mundo, pero debemos acompañarlos para que el mundo no los cambie a ellos».

 

 

* Photos by Timothy Eberly y Miguel Bruna on Unsplash

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