No llores

Si hay una frase que creo que hace mucho daño a cualquier persona es «No llores». Pero pienso que hace mucho más daño a un niño o a una niña que a un adulto.

Cuando a un/a peque le decimos «No llores» entiende que llorar está mal, que lo que siente hay que reprimirlo y que la emoción que genera ese llanto es negativa porque «no hay que llorar».

Un día mi amiga Miriam me contó que su niña se cayó al suelo, se hizo un rasguño y comenzó a llorar.

Entonces Miriam le dijo: No llores!

Su peque respondió: No, mamá, necesito llorar.

 

 

Menuda lección le dio su hija a Miriam y es que a veces pasa que parece que ellos tienen las cosas más claras que nosotros. Son nuestros maestros.

 

Parece que ocultar nuestros sentimientos hace que en realidad no existan, pero sí están ahí, no desaparecen porque no los mostremos. Lo que no lloramos, se reprime y se enquista y a la larga es peor.

Tenemos que entender que llorar es bueno, pero un llanto sano, atendido, consolado porque genera conexiones neuronales y hace que podamos llevar mejor un sufrimiento.

 

Hace poco hablaba con, Blanca, la madre de mi amiga Irene, que acaba de quedarse viuda. Yo le preguntaba a Blanca cómo estaba y ella me decía que no lo pensaba, que se mete en casa por la tarde y se pone a jugar con la tablet hasta que se le cierran los ojos y entonces se va a dormir. Y me dijo: además, no puedo llorar porque mis nietos no me dejan, me dicen que soy mayor y que los mayores no lloran.

Le dije que imaginaba que con el tiempo se «pasaría» y ella me dijo que la gente con la que hablaba que ha pasado por lo mismo le decía que no se «pasa» nunca.

Ahí lo vi claro, no se «pasa» nunca porque no hacemos el duelo. Nos han enseñado que no podemos llorar, que no tenemos que pensar en eso… y al final, no lo curamos y por eso no se «pasa» nunca.

Para nuestro cerebro es importante hacer el duelo y llorar. Necesitamos curarlo y llorar es la manera que tenemos de curarlo.

 

 

Cuando tenemos una herida física, la curamos, echamos agua, echamos algún desinfectante, tapamos la herida para que no se ensucie e infecte o la dejamos al aire para que se cure, la vamos observando, volvemos a limpiar y a echar desinfectante las veces que necesitemos y aunque queda una cicatriz, la herida cura.

Cuando la herida es emocional tendemos a taparla y a no pensar en ella, como si no existiera. A no darle importancia porque parece que si no hablamos de ello, si lo tapamos y lo encerramos no existe. Pero no es así. Ahí sigue. En ocasiones pasan años y cuando pensamos en ello, volvemos a llorar, eso es porque no está bien curada.

¿Por qué no hacemos lo mismo con las heridas emocionales que con las físicas? Porque en nuestra sociedad está mal visto curar las heridas emocionales. Pero si las curamos, si lloramos lo que necesitamos, si nos observamos y repetimos la operación de llorar las veces que necesitemos, al final, aunque queda una cicatriz, la herida cura.

No hay que olvidar las cosas como si no hubieran ocurrido, tenemos que aprender a convivir con ellas. Y cuando conseguimos hablar sin llorar de algo que nos afecta mucho es que ya lo tenemos curado.

Y tú, ¿dejas llorar a tus peques?

 

* Photo by Arwan Sutanto y Jordan Whitt on Unsplash

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