Día 25 del aislamiento por el coronavirus

Otra vez lunes y una semana más metidos en casa. Noto que esto nos va pasando factura a todos. A ratos parece que a los peques no les afecta mucho y al mismo tiempo siento que sí que lo notan. Hoy mi peque lloraba porque decía que quería salir al jardín o al campo y jugar al pilla-pilla. En esos momentos se me cae el mundo encima porque entiendo que tenga ganas de salir, a mí también me apetece. Y sólo me queda intentar comprenderlo, ponerme en su lugar y consolarlo. No puedo hacer mucho más.

Y mi mayor por la tarde también me ha dicho que los niños y las niñas están encerrados, que no es justo que los adultos sí podamos salir pero los menores de edad no. Tiene una madurez increíble con 6 años. Y por desgracia, tiene toda la razón. Yo también pienso que es injusto, que los peques son los que menos síntomas tienen con el virus y probablemente son los que más necesiten el aire libre para su desarrollo. Y los mayores, que son los que más riesgo corren, pueden salir tranquilamente. No es justo. Incluso los perros tienen más derecho que los niños y las niñas. Los perros pueden salir 3 veces al día. Los niños y las niñas no.

Nosotros apenas hemos salido, pero hoy, después de trabajar he tenido que ir a hacer la compra. Me he protegido bien y me he ido en coche porque ya que salgo aprovecho y le hago la compra a mis padres y a una vecina. Al llegar cerca del supermercado me ha parado la policía para preguntarme a dónde iba y de dónde venía. Me han dejado pasar. He hecho toda la compra y al salir, otra vez me han parado. Como tenían que ir por un camino que no era el de mi casa para llevar la compra a casa de mis padres, se lo he explicado y me han dejado pasar. Me incomoda esta situación. Era la primera vez que me paraba la policía en toda mi vida y me han parado dos veces.

En el supermercado el ver a todo el mundo con mascarilla me hace estar triste. Hay momentos en los que me dan ganas de llorar. Creo que no ver las bocas de las personas nos deshumaniza. No ver los ojos es algo a lo que estoy acostumbrada por las gafas de sol, pero lo de no ver las bocas, no saber si alguien sonríe o no o que nadie vea si yo sonrío o no , se me hace duro.

Jugando al escondite

Por la tarde, al volver a casa, mientras el papity desinfectaba la compra, los peques y yo hemos jugado al escondite para que sientan un poco de normalidad, puedan correr un poco, aunque sea dentro de casa y se diviertan un rato.

Después de cenar, el papity les ha estado leyendo cuentos para que yo pudiera escribir un rato porque hoy se me ha hecho un día difícil y necesitaba desahogarme. Gracias por leerme.

 

 

* Photo by Annie Spratt on Unsplash

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